lunes, 13 de diciembre de 2010

Creando una casa

Llevábamos una semana esperando para poder ir al lote de autos usados que se celebra todos los domingos en Cancún. No nos queríamos precipitar en la compra, ya que no entraba en nuestros planes tirar dinero a la basura, pero la idea de tener una de esas viejas Volkswagen Westfalia con tropecientos mil kilómetros, era tan jugosa que ya nos veíamos pintándola de flores cual hippies setenteros. La otra opción que nos hacía gracia era la de ir en un Escarabajo, que circulan por todo Latinoamérica con edades tan inciertas como las de los indios lacandones. La mayor ventaja de estas dos opciones era el motor Volkswagen, no hay un taller en el mundo que el mecánico sea tan cateto que no sepa arreglarlo, y con nuestras pocas nociones de mecánica tiene pinta que antes o después lo necesitaremos.

Tenesi en la selva

Con estos miedos e ilusiones llegamos al estadio de los Atlantes de Cancún, el único equipo de primera división que tiene la ciudad. En su parking y en frente de este se celebraba el lote, con las míticas banderillas de colores de película de serie B americana, los precios escritos a rotulador en la luna y cientos de propietarios deseosos de sacar una buena tajada de la venta. Nuestras ilusiones de rememorar épocas pasadas se disiparon pronto; Westfalia no había ni una y Escarabajos, que los había de todos los colores y edades, resultaron ser físicamente incompatibles con las medidas del Gordo. El propietario del Escarabajo que más nos había gustado hasta el momento, viendo el interés que mostrábamos, intentó correr el asiento del conductor lo más atrás que pudo para demostrarnos que teníamos sitio de sobra. En el mismo instante que se sentó el Gordo, el asiento cedió hasta quedarse a ras de suelo, lo que provocó una carcajada en todos y definitivamente descartó al Escarabajo como compañero de viaje.


En el primer vistazo a los doscientos coches que habría aproximadamente, nos gustó una 4x4 Chevrolet que vendía una pareja de húngaros, con un motor con muy buena pinta que consumía unos 10/12 litros cada 100 km. El principal problema era este, el consumo era excesivo para las prestaciones que nos daba, ya que no podíamos meter una cama en su interior, y tampoco necesitamos la potencia de un 4x4. Aun así, nos llevamos su teléfono por si nos arrepentíamos. El motor Volkswagen seguía dando vueltas en nuestras cabezas, por eso, y por los buenos recuerdos que nos quedan tanto al Gordo como al Pelón, cuando vimos que había bastantes Golf, cambiamos el objetivo de nuestra búsqueda, decidimos modernizar nuestras pretensiones. Probamos los dos Golf caja 3 que entraban en nuestro presupuesto, el primero de ellos tenía una calavera como caja de cambios, y otras dos pequeñitas a juego en los pestillos, lo que de primeras nos hizo gracia. Después de probar ambos y escuchar sus más que cascados motores, nos sentamos a disfrutar de unas naranjas con chile (típico aperitivo callejero mexicano) a la sombra de un árbol para poder recopilar nuestras opiniones y posibilidades.

Otra visón del mundo

Hasta aquí habíamos hablado con unos 30 propietarios, probado 3 coches y dado catorce vueltas al lote bajo un sol abrasador y con el cansancio de haber dormido unas tres horas. Rendidos al destino de empezar el viaje a pie e intentar la compra del auto en Chiapas, siguiente etapa de nuestra ruta, decidimos retirarnos a casa en busca de la piscina. Cuando casi habíamos salido del lote, el Chuli avistó a Tenesi a lo lejos, una Ford Aerostar azul pastel del 92. Tenía muchas ventajas, siete plazas, posibilidad de meter una cama dentro, aunque todavía no sabíamos cómo, y motor Ford, que en América significa recambio de piezas seguro. El único inconveniente que vimos fue el consumo, según nos dijo el propietario, unos 14 litros a los 100 para alimentar un motor 3.0 de 6 cilindros en V, con 182 caballos, cuando nos dijo el motor casi se nos salen los ojos de las órbitas. La edad y el kilometraje no eran óptimos, pero tampoco exagerados, la mayoría de edad para 242.000 km, o así nos la vendieron. El vendedor era un mexicano de unos 50 años con su hijo de 6, parecía de fiar, aunque nunca se puede saber. Fuimos con él a probarla y a los 5 minutos de ver lo bien que sonaba, la facilidad de conducción que tenía y lo cómodos que estábamos, se dibujó una sonrisa en la cara de los tres al saber que habíamos encontrado nuestra nueva casa para el próximo año. Las facilidades que te da la administración mexicana hicieron que tras hacer un contrato de compra venta y pagar los 21.500 pesos (1380 €) que nos costó, pudiésemos estar de regreso en casa a tiempo de disfrutar de la ansiada piscina, con Tenesi aparcada en la puerta. Su nombre se debe a que en el Estado de Tennessy es donde empezó a rodar nuestra amiga.

Hogar, dulce hogar

Como europeos inexpertos en viajes largos y compraventa de autos, hasta dos días después de la compra no nos dimos cuenta que lo que marcaba, como buena furgo americana que era, eran millas en vez de kilómetros. ¡Menudo cambio! La furgo pasó de tener 240.000 km a unos 380.000 km, todo por el capricho del sistema métrico anglosajón. Para nosotros no cambió nada, confiábamos en ella y lo seguimos haciendo. Gracias a Bobby, la pudimos llevar a su taller de confianza donde José, el jefe de los mecánicos, la revisó durante dos horitas largas por el módico predio de 200 pesos (13.30 €). Nos dijo que el motor estaba en muy buen estado y que era muy dura, según él, cree que podremos llegar. De momento la estamos descubriendo y cada vez nos agrada más, parece hecha a medida.

Tenesi antes del trabajo

El siguiente paso era convertirla en una casa. Los cinco asientos de atrás se podían abatir, lo que nos dejaba hueco para una cama de 2.00 x 1.50, más de lo que podíamos esperar en un principio. Compramos tres tablas a medida para hacer un somier desmontable por si queríamos volver a la posición inicial de siete plazas. Colchón fue algo más difícil encontrar uno a la medida, ya que los Queen Size, modelo que más se acerca con 1.90x1.50, son muy altos todos y nos dejaban apenas 40 cm de la cama al techo. Después de mucho buscar y gracias de nuevo a la estimable ayuda de Bobby encontramos uno que entraba exacto, era fino y asequible, 1600 pesos (100 €), con las almohadas y el primer juego de sábanas por 600 pesos (40 €) más. En Cancún comprobamos que funcionaba y una vez tuvimos todo dentro partimos camino a Chiapas, estábamos cansados de estar en la misma ciudad desde 10 días antes.


Una vez llegados a Palenque ya habíamos probado la comodidad de nuestra nueva cama dos noches y era bastante aceptable en comparación a la hamaca, el sofá y el suelo donde llevábamos una semana durmiendo. El único problema es que además de ser un poco estrecho para los tres, al estar tan cerca del techo, el calor es demasiado agobiante además de ser un poco dificultosa la entrada y la salida por estar muy alto. Sentíamos la impresión de que con unas horitas de trabajo y unos pocos pesos podíamos convertirla en una señora mini caravana. Compramos todo lo que nos hacía falta, nos fuimos a un descampado que fue nuestro parking tres días y nos pusimos manos a la obra. Conseguimos separar los respaldos de los asientos traseros para utilizarlos como base del somier que aguantará el colchón. Con esto ganamos unos 20 cm de altura, lo que supone muchísima amplitud y deja entre los asientos el espacio necesario para las maletas, hasta seremos la envidia de muchas de nuestras amigas cuando les digamos que teníamos zapatero debajo de los asientos. Atrás en el mini maletero hay espacio suficiente para los sacos de dormir, una pequeña caja de herramientas, tres garrafas de agua, unas sudaderas y tres cajas de madera que compramos por 5 pesos (0.30 €) cada una en una frutería. Las cajas son del tamaño exacto y podemos distribuir en ellas material de playa, comida y útiles de aseo para tener todo a mano.

Comodidad

El primer paso está hecho, la cama y los bártulos acomodados. A partir de ahora vienen los pequeños arreglos que facilitan el día a día, unas cortinas con cuerdas y bridas que empezamos a coser con mucha motivación los tres, hasta que conocimos a Kelly, una francesa que nos descubrió la facilidad con la que se hace un dobladillo con una grapadora. Cortinas puestas, compramos unas mosquiteras que pegar con cinta por fuera de las ventanas antes de irnos a dormir si queríamos despertar sin ser devorados primero. El último toque de decoración fue atarle en la antena de la radio una bandera de México que nos regalaron en un restaurante en Chetumal y, por supuesto, dejarle colgado en el retrovisor central el rosario de madera que llevaba, no por devoción, sino por lo macarra que queda y lo útil que puede ser en el continente más católico del mundo.

!En marcha!

viernes, 10 de diciembre de 2010

México. Cancún, iniciando el viaje.

Refrescando ideas, Bacalar

Fue en la piscina del Gordo una tarde de Junio entre chapuzón y chapuzón, hablando del año que nos esperaba, cuando nos dimos cuenta que ninguno quería quedarse en Madrid otro año trabajando precariamente y soñando con los lugares que nos gustaría ver. Ese día dijimos el primer “¿Y por qué no?” (Estilo de vida patentado por nuestro amigo el Negro) del viaje que nos ha traído hasta estas tierras Mayas de la península del Yucatán. Esa tarde nos vino a la memoria en la piscina del hotel de Playa del Carmen cuando cargábamos las mochilas, para irnos rumbo a Cancún sin dirección ni ruta fija a partir de ese momento.




Destino incierto en el caribe, Cancún


Todavía nos quedaba un as en la manga, en Cancún se había ofrecido a hospedarnos León, un amigo mexicano de la Facultad. Llegamos por la tarde entre tremendas medidas de seguridad debido a la celebración de la COP16 la semana siguiente a nuestra llegada. Existe un claro intento del Gobierno Mexicano de hacer ver a la opinión pública mundial que controla la seguridad de su país frente a las oleadas de violencia que sufren las ciudades del norte. La cumbre medioambiental marcó nuestros días en Cancún por los continuos retenes militares que sitiaban la ciudad y porque León trabajaba todos los días en eventos relacionados con la cumbre. Y al final… ¡Todo para nada, vaya fracaso de cumbre! Los de siempre dicen que no se acuerdan ni de Kioto ni casi de su madre y hasta 2012 que nos veamos de nuevo.

Control de armas y drogas a la salida de Quintana Roo


Cualquier mañana en Canún


Quedamos con él esa misma noche en el Parque de las Palapas, una céntrica plaza donde la gente disfrutaba de una cerveza o un licuado mientras los niños jugaban en coches eléctricos de choque… ¡Por el centro de la plaza! Apareció en un 4x4 con tres amigos para recogernos e ir los 7 a su casa; como imagináis el coche tenía 5 plazas pero lo de ir mil y la madre por coche aquí es como una costumbre. Esa primera noche conocimos a 10 amigos de León, con los que creíamos que compartiríamos nuestra segunda semana. Para decepción nuestra solo volvimos a ver a Kandur, novia de León y a Bobby, un amigo medio mexicano medio tejano del que luego hablaremos. La casa era un apartamento pequeño pero muy acogedor en la zona hotelera en frente de la Laguna de Cancún. Sería nuestra casa para la siguiente semana, casi como un apartamento alquilado en Gandía ya que León aparecía pocas horas por ella debido a su trabajo. Eso sí, las tres camas que tenía eran una hamaca, un sofá pequeñito y el suelo; así que había que ir cambiando cada noche de sitio cual yincana.

La mejor de las camas, Cancún


Los ratos libres que tuvimos aprovechamos para bucear con snorkel por Punta Cancún; ir a un festival de jazz de vuelta en Playa del Carmen, esta vez con León y su novia; festejar por todo lo alto los cinco regalos que el Barça hizo al Pelón por su cumple; y degustar la comida local entre comilona y comilona en el hotel Riu Cancún o Riu Caribe. Sabíamos que no debíamos tirar las pulseras del todo incluido y ¡Línea!, dos hoteles Riu en Cancún. Un pequeño paseo para avistar mejor y ¡Bingo!, llevan nuestra misma pulsera. Gracias a los buenos consejos de la Guía Troncha para economizar en los viajes, disfrutamos de varios copiosos festines en todos los restaurantes de ambos. La comida local nos había llamado la atención desde que llegamos, pero pudiendo comer gratis, para qué gastar. La primera vez que nos plantamos delante de una taquería, nos maravillamos mareados por las infinitas posibilidades de platos que podíamos elegir: Tortas, Tacos, Quesadillas, Gringas, Milanesas…; todos ellos de mil carnes diferentes: Cochinita, Res, Asada, Pastor, Pollo, Arrachera... Después de haber vuelto loco a preguntas a más de un tendero para intentar descubrir los ingredientes de cada uno de estos manjares, tuvimos que desistir pronto al darnos cuenta que la gran mayoría de los puestecitos solo tenía Tortas y Tacos, con excepción de los que también disponían de Quesadillas. Son diferentes formas de preparar lo mismo con algún matiz que cambia si no le echas picante, porque si decides hacerlo, el sabor del chile habanero mata todos los demás dejando un rico rastro de fuego por toda la boca.

Al frio de la parrilla, Chicanná

El sábado por la noche nos acostamos bastante tarde por el concierto de jazz, y dormimos muy poco, pero a ninguno se le pegaron las sábanas, era el día que se hacía el lote de coches usados en Cancún y queríamos estar los primeros. Llegamos a un escenario sacado de película de los Hermanos Cohen, un descampado a los lados de una avenida principal, que rodea el estadio de los Atlantes de Cancún, decorado con banderillas de colores que volaban de poste a poste de madera. En el lote podías encontrar desde Mustang, nuevísimos 4x4 y Corvette, hasta Escarabajos con 800.000 km y llamaradas pintadas en las puertas. Vimos imágenes muy pintorescas de vírgenes de oro, rosarios a juego con la tapicería de los coches tuning, calaveras en la palanca de cambios y pestillos, o al Gordo probando si podía conducir un escarabajo; después de que el propietario del coche estuviera 15 minutos echando el asiento para atrás, cuando intento sentarse casi se desmonta en mil piezas. Después de haber probado dos Golf que sonaban como cafeteras rotas y no ver nada que nos convenciese, tras 7 horas con 30 grados y un sol de muerte que tostaba nuestros pensamientos, decidimos rendirnos y volver a casa. En el camino de vuelta al autobús deparamos en una camioneta Ford azul, fuimos a verla y entraba en nuestro presupuesto, eran 24.000 pesos que tras media hora de negociación se convirtieron en 21.500. La probamos, nos gustó y decidimos confiar en ella. Los papeleos en los países latinos se hacen rápido, en dos horitas más estábamos en casa con Tenesi aparcada en la puerta. El nombre vino porque sus primeros pasos los dio en Tennessy hasta que el majete que nos la vendió subió a por ella por fortuna nuestra.

Tenesi recién adquirida


Tejanos del sur, Chetumal


Los días posteriores los dedicamos a poner a punto la furgo, llevándola con Bobby a José, su mecánico de confianza, y lo cierto es que estábamos acojonados. ¿Habríamos tirado 1.400 euros a la basura? José la revisó por un par de horas mientras aprovechamos estar en un polígono de Cancún para encargar a medida las tablas que serán el somier de nuestra cama. Volvemos al taller y ¡Parece que no!, según él hemos hecho una buena compra y es el primero que apuesta por que lleguemos. Gracias a Bobby, con el que compartimos mil carcajadas los tres días que estuvimos con él, compramos también un colchón barato que parecía hecho a medida para nuestra furgo y el hueco del que disponíamos. Ya tenemos casa para los próximos 300 días. La próxima semana dedicaremos un especial para presentaros nuestro nuevo hogar.

Recordando las lecciones de Mama, Chicanná


El sábado, con la sensación de haber pasado una semana en un apartamento de la costa levantina dejamos atrás las grandes concentraciones hoteleras con destino a Chiapas, un paraíso natural en el sur de México. El viaje nos llevará dos días, ya que tenemos 1.000 km de carretera de un carril en cada sentido y el del “centro” opcional si el de atrás tiene mucha prisa. Pasamos de nuevo por Tulum rumbo sur hasta llegar a Bacalar, un pueblo con un antiguo castillo español usado para defenderse de los piratas, al borde de la Laguna Azul. A sabiendas de que esa noche no podíamos contar con una ducha, nos quitamos los calores del viaje bañándonos en el agua azul casi eléctrico de la laguna. Se respiraba la tranquilidad más allá de las aglomeraciones de turistas, solo disturbada por dos grupos de niños que racaneaban al sol los últimos chapuzones en una balsa de agua cristalina. Cuando se fue la luz nos dirigimos a hacer noche en Chetumal, capital del Estado de Quintana Roo, del que todavía no hemos salido.

Laguna Azul, Bacalar


Laguna azul, Bacalar


Chetumal es una ciudad casi fronteriza con Belize, y además capital, por lo que hay tiendas, puestos y restaurantes allá donde mires. El sitio no es muy bonito pero para hacer noche es más que suficiente. La ciudad madrugó pese al ser domingo, igual que nosotros, todavía nos esperaban 500 km por delante y la necesidad de llegar a las ruinas de Calakmul antes del alba. La premura se debía a que todos los anocheceres en el km 107 de la carretera que va de Chetumal a Escárcega, entre las ruinas de Calakmul y Balamkú, hay un cenote sin agua con una cueva en la que mora una colonia de 2.500.000 de murciélagos. Al anochecer el apetito les despierta para ir en busca de alimento, y salen todos juntos de la cueva formando espirales de miles de ellos. El espectáculo dura unos 20 minutos, y si te sientas al borde del cenote a observar, te pasan a menos de 3 cm del cuerpo demostrando sus increíbles habilidades aéreas. Como tuvimos que hacer tiempo, nos hicimos pasar por corresponsales de El País en México para no pagar la entrada a las ruinas de Balamkú, y poder pasear entre unos de los frescos Mayas que mejor se conservan. Desde allí corriendo a ver los murciélagos y de nuevo al coche para intentar llegar a Palenque. Tuvimos que viajar hasta las 11 de la noche, ya que desde que dejásemos Chetumal las carreteras empeoraron considerablemente, lo que dilató bastante la marcha. Por fin llegamos a Palenque después de dejar atrás los estados de Quintana Roo y de Tabasco. Ya estamos en Chiapas.

Ruinas de Balamkú


viernes, 26 de noviembre de 2010

México. Toma de contacto.

Por fin llegó el día, 18 de noviembre, nos despertamos con la mente en México y el cuerpo dispuesto a hacer, a la carrera, los últimos preparativos que según nuestros padres deberían estar hechos semanas antes. Después de un tour de locura por Madrid llegamos a Barajas gracias a Charly y su furgoneta. Allí estaban el Negro, Umber y Santi para darnos las últimas fuerzas y despedirse una vez más (no sabemos cuántas veces nos despedimos de cada uno). Embarcamos las maletas y cogimos (a partir de ahora diremos “agarramos” por razones obvias y problemas físicos) el avión creyendo que en unas 6 horitas estábamos en la playa. Esas 6 horitas se convirtieron en 11 de vuelo; de las cuales el Gordo durmió 10… para asombro de todos los pasajeros de su alrededor. Si no fuese por la pésima comida y las peliculas de telecinco para la siesta el viaje hubiese sido matador.

Puerta Maya, Tulum


Entramos en México por la puerta grande; en el aeropuerto la seguridad establecida anti cárteles dependía de un botón; si salía rojo como le pasó a la pareja de abuelos que pasaron delante de nosotros te registran hasta la goma de los calzones. Si por el contrario sale verde… ¡Bienvenidos a Cancún!

Playa de Tulum


En la furgoneta que nos llevaba al Hotel a ritmo de narcocorrido (prohibido en México) hicimos los primeros amigos, una pareja supermajetes, Raúl y Cris, que al final no eran pareja y han sido nuestros compañeros inseparables la primera semana de viaje. En vez de pareja resultó que eran dos amigos, gay y lesbiana, con los que el Gordo pudo saciar sus curiosidades habituales para divertemento de todos. El Hotel está padre güey, tiene un sinfín de cosas a gusto de Alvarito, que todo lo usa, todo lo bebe, todo lo come hasta a los gatos, “Ay que me lo como”.


¿Un licuadito?, Tulum


¡Quiero una coti!, Tulum


El pueblo de Playa del Carmen es como Marbella en pequeñito y tropical, vamos una guirufada que te cagas; gringos, canadienses, españoles y franceses por todos los lados. Las playas son increíbles, con arena blanca finísima y aguas turquesas; aunque no parece que estemos en el Caribe ya que el mar está picado todos los días. El clima es perfecto, no hace mucho calor pero con un 90% de humedad, por lo que si no aprieta el sol se está bien. Lo de llover depende de cómo le dé al Dios Maya de turno porque en una hora puede diluviar (no os imagináis de qué manera) cuatro veces y salir el sol otras tantas.

Templo de Kukulcán, Chichen Itzá


El observatorio o Caracol, Chichen Itzá


Después de disfrutar las playas y las comodidades del hotel, el lunes nos alquilamos un coche con nuestros dos amigos para ir a Chichen Itza (a unos 250 Km), que son las ruinas mayas que mejor se conservan de toda la península del Yucatán, elegida como una de las nuevas maravillas del mundo. Es impresionante, una vez que consigues zafarte de la nube de vendedores ambulantes que rodea la entrada apareces en toda una ciudad maya que tardas unas 3 horas en visitar entera, rodeada de una jungla con un pequeño lago llamado el Cenote Sagrado. Conocimos a unos chavalitos mayas que vendían artesanía con los que estuvimos bromeando y nos contaron la historia del lugar después de rechazar varios trueques mayas (si te descuidas te cambian a su suegra por unas zapatillas). Por la tarde, a la vuelta pasamos primero por Okua, un pequeño pueblecito donde no había más que casas, dos tiendas y la plaza del pueblo; y después por Valladolid, pero llegamos casi de noche por lo que solo pudimos ver el centro de la ciudad. ¡Por fin primera vez nos dio la sensación de haber llegado a México!


Templo de las mil columnas, Chichen Itzá


La casa de la iguana, Chichen Itzá


Okuense, Okua


El martes, de nuevo con coche gracias a nuestra peculiar pareja de amigos, nos fuimos a las ruinas de Tulum (60 Km al sur) donde dejamos a nuestros compañeros entrando a lo cómodo (por la puerta) y nosotros nos fuimos en busca de aventura y un huequito por donde pasar y así no pagar el ingreso. Hay que tener cuidado cuando un taxista te habla de distancias, sino pagas por 5 supuestos kilómetros y luego ves que no llega ni a 1; así que después de andar como 800 metros aparecimos en Playa Paraíso. Empezamos a caminar pegados al mar por las rocas hasta que nos podíamos más y tuvimos que pasar por la jungla de encima del acantilado. Después de dos tramos de avanzar 3 metros por minuto bajo un sol abrasador que casi nos hace perder dos kilos de peso, nos dimos de morros con las ruinas… ¡Ya estábamos dentro! Merecía la pena pues se llegaba a una poblado Maya muy bien conservado situado en frente de una playa donde pudimos refrescarnos un par de horitas antes de visitar las ruinas. Era un sitio donde la tranquilidad rondaba el ambiente salvo por las innumerables iguanas que corrían y se pegaban entre ellas encima de las toallas del personal.


Eran tontos estos mayas, Tulum


Papa y nene en las ruinas, Tulum


Iguanas al sol, Tulum


Paramos a comer en una taquería en el pueblo de Tulum. Lejos del bufet libre del hotel, pudimos probar unos tacos originales. Te preparan la carne en unas tortitas y te pones tu mismo la guarnición y salsas que prefieras. Si un mexicano os dice alguna vez que algo pica mucho, hacerle caso, no miente. El Gordo desafiando sus palabras volcó una copiosa cucharada de pure de chile habanero en cada uno de sus tacos. El Pelón con tres gotitas en uno de ellos casi se muere mientras que el Gordo devoraba los suyos en apenas dos minutos; resultado: hemos podido constatar que se puede sentir el latido del corazón a través de los ojos, de la presión que ejerce el picante. Nunca ninguno habiamos probado algo igual.


Playa con torreón Maya, Tulum


Playa de Tulum


Esa misma tarde fuimos a uno de los numerosos cenotes vecinos a Tulum… y ¿Qué coño es un cenote?, pues son pequeños lagos que están por la jungla en todo el Yucatán, de agua dulce y cristalina, donde por un módico precio puedes pasarte toda la tarde haciendo el bestia; saltando desde rocas y árboles sin peligro alguno porque hay como 7 metros de profundidad. Lo de sin peligro no era del todo verdad pues nos pegamos unos cuantos espaldazos de nivel al intentar mortales y demás peripecias.


Cenote escondido, 10 km al sur de Tulum


El ángel del Chuli, Cenote escondido


Los hermanos Derrick, Cenote escondido


El ángel del Pelón, Cenote escondido


La moraleja de la primera semana es que estamos ansiosos de dejar atrás las comodidades y el guirufeo para empezar de una vez la aventura de verdad. Próxima parada Cancún, a casa de León, un amigo mexicano de la Universidad. Veremos que nos depara…


¿Alto o adiós?, Okua